Entre los nombres que forman parte de la memoria más entrañable de la Semana Santa cartagenera, Balbino de la Cerra ocupa, sin duda, un lugar propio. Su figura trasciende el mero recuerdo de un procesionista para convertirse en la de un hombre profundamente vinculado a sus tradiciones, a sus imágenes y, sobre todo, a la identidad de su querida Cofradía California.
Balbino a la derecha de la imagen- Petitoria años 40 durante el pasacalles de los Granaderos Californios.
Tuve la fortuna de compartir con él algunos momentos que, con el paso de los años, han adquirido un valor especial. Recuerdos aparentemente sencillos, pero que hoy constituyen pequeñas páginas de la historia viva de nuestra Semana Santa. Porque Balbino era así: cercano, apasionado, espontáneo y profundamente cartagenero. Y, como él mismo decía con orgullo, «Californio hasta la médula».
Guardo especialmente en la memoria aquellas noches del Martes Santo, cuando, encaramado a aquellas antiguas escaleras de madera —que más de un susto llegaron a proporcionarle—, se disponía a trabajar en el arreglo de la Gran Madre California. Desde lo alto, en el silencio de la iglesia, contemplaba la imagen con esa mirada de quien no se limitaba a vestirla o adornarla, sino que mantenía con ella una relación casi personal.
Y entonces, dirigiéndose a mí, me decía:
—Mira, granaderico marrajo, ahora con este arreglo sí está guapa.
Aquella frase, aparentemente sencilla, resume perfectamente la personalidad de Balbino. En sus palabras había cariño, devoción, conocimiento y, sobre todo, una manera muy particular de entender la Semana Santa: desde el respeto a las imágenes, desde la tradición y desde ese sentimiento que difícilmente puede explicarse con palabras.
Balbino de la Cerra fue mucho más que un nombre entre los muchos que han construido la Semana Santa de Cartagena. Fue una de esas personas que dejan huella sin necesidad de buscar protagonismo; una auténtica institución cuya presencia se convirtió, con el paso del tiempo, en parte inseparable de la memoria colectiva de cuantos tuvieron la fortuna de conocerlo.
Hoy, cuando los años han pasado y muchas de aquellas escenas pertenecen ya al recuerdo, su figura continúa presente. Permanece en las conversaciones, en las fotografías, en las anécdotas y, especialmente, en el corazón de quienes compartimos con él algún tramo de aquel camino procesionista.
Porque hay personas que desaparecen físicamente, pero que nunca dejan de estar. Balbino es, para muchos cartageneros y procesionistas, una de ellas. Su recuerdo permanece unido a la Semana Santa que amó, a la Cofradía California que llevó en el corazón y a una ciudad que, a través de sus tradiciones, continúa manteniendo viva su memoria.

